Anwar Shaikh (1945–2026)

Vivek Chibber

Traducción: Natalia López

Anwar Shaikh fue el economista marxista más brillante de su generación. Deja un legado intelectual capaz de impulsar el desarrollo de la economía política durante muchos años.

Con la muerte de Anwar Shaikh, la comunidad intelectual de izquierda ha perdido a uno de sus miembros más dinámicos y brillantes. Anwar no era simplemente una figura destacada entre los economistas heterodoxos: fue el economista marxista más brillante de su generación y, posiblemente, el más importante desde el propio Karl Marx. Hizo más que prácticamente cualquier otro economista contemporáneo por revitalizar la tradición clásica de la economía política, asociada con Adam Smith, David Ricardo y Marx. Luego aplicó ese marco teórico al análisis de las dinámicas de corto plazo estudiadas por la tradición keynesiana, demostrando que la teoría económica clásica era capaz de explicar los mismos fenómenos e integrar ambos enfoques en un marco general. Y, por si eso fuera poco, llevó a cabo la tarea titánica de hacer operativas las categorías marxistas para demostrar que las regularidades empíricas del capitalismo moderno estaban gobernadas por los mecanismos que Marx había descrito en los volúmenes de El capital. En la historia de la economía marxista, es difícil encontrar otra figura que haya contribuido tanto a desarrollar su programa de investigación y dotarlo de fundamentos sólidos.

Shaikh nació en Karachi, Pakistán, en 1945. Pero como su padre trabajaba en el servicio diplomático pakistaní, pasó buena parte de sus años de formación en Medio Oriente, el Sudeste Asiático y Turquía. Completó sus estudios superiores en Estados Unidos, donde obtuvo un título en Ingeniería por la Universidad de Princeton en 1965 y un doctorado en Economía por la Universidad de Columbia en 1973. Esto significó, naturalmente, que se encontrara en el epicentro de los movimientos estudiantiles de la época: el movimiento contra la guerra, el movimiento por los derechos civiles y el feminismo. Como muchos de los estudiantes más talentosos de su generación, se radicalizó hacia el marxismo y dedicó sus extraordinarias capacidades al desarrollo de la teoría económica marxista.

En el centro mismo de su programa de investigación se encontraba la tesis de que el capitalismo está impulsado por la búsqueda incesante de ganancias por parte de las empresas. Puede parecer una afirmación evidente, pero los enfoques dominantes en la economía heterodoxa de fines de la década de 1960 no estaban bien preparados para captar las dinámicas fundamentales del capitalismo. En la economía radical, el marco teórico predominante había sido heredado de Vladímir Lenin y Rudolf Hilferding y había cristalizado en la obra extraordinariamente influyente de Paul Sweezy y Paul Baran, El capital monopolista. Según esta interpretación, el capitalismo competitivo había dado paso al dominio de los monopolios a comienzos del siglo XX, de modo que las dinámicas competitivas analizadas por Marx ya no operaban en el capitalismo moderno. Se sostenía que la teoría de Marx era adecuada para un mundo de pequeñas empresas y bajos costos fijos, mientras que las empresas del siglo XX operaban en mercados altamente concentrados, requerían enormes economías de escala y, por lo tanto, podían impedir la entrada de potenciales competidores. Se trataba de un mundo en el que las empresas podían ejercer un gran control sobre sus mercados, a diferencia del siglo XIX, cuando las fuerzas competitivas las subordinaban a las presiones del mercado.

Esta teoría del capital monopolista fue objeto de fuertes críticas a partir de la década de 1970, principalmente desde la izquierda, y esas críticas resultaron muy convincentes. Un amplio conjunto de trabajos cuestionó los fundamentos empíricos del libro de Sweezy y Baran y sostuvo, en cambio, que las presiones competitivas seguían plenamente vigentes, incluso en la era de los grandes conglomerados. Aunque muchos economistas marxistas de una nueva generación desarrollaron estas críticas, fue Shaikh quien logró demostrar con mayor contundencia que los hechos no solo contradecían las afirmaciones de la teoría, sino que buena parte de los datos que Sweezy, Josef Steindl y otros interpretaban como pruebas de la existencia de monopolios eran, en realidad, compatibles con la competencia económica.

Shaikh comprendió lo que estaba en juego. Todo el marco económico de Marx descansaba en la idea de que las empresas que buscan maximizar sus ganancias se desplazan incesantemente de un sector a otro en busca de las mejores tasas de rentabilidad. Este era el fundamento tanto de la ley del valor así como de la presión constante para que las empresas eleven la productividad y la intensidad del trabajo hasta alcanzar los niveles socialmente necesarios. En otras palabras, la competencia y la movilidad intersectorial del capital no solo generaban los precios de largo plazo, sino que también sometían a las empresas a una presión implacable para minimizar sus costos y, en consecuencia, librar una guerra constante contra sus trabajadores. Si la supuesta transformación del capitalismo competitivo en capitalismo monopolista fuera cierta, estos argumentos quedarían socavados y la teoría económica de Marx habría quedado obsoleta.

La verdadera fuerza de la crítica de Shaikh a las teorías dominantes del monopolio residía en que estas habían adoptado íntegramente la concepción del mercado competitivo propia de la economía convencional. En otras palabras, eran incapaces de ofrecer una alternativa a la economía burguesa porque compartían sus mismos fundamentos teóricos e incluso conceptuales. Como alternativa, Shaikh recuperó la concepción de la competencia que había orientado a la tradición clásica, desde Smith y Ricardo hasta el propio Marx: lo que denominó «competencia real», en contraposición a la «competencia perfecta» de la economía walrasiana y de buena parte de la economía heterodoxa. En el centro de esta concepción se encontraba la idea de que las empresas, lejos de ser agentes pasivos que simplemente «aceptan los precios», luchan agresivamente por aumentar su cuota de mercado mediante la reducción de los costos unitarios, la adopción de las técnicas más eficientes y el intento de eliminar a sus rivales. La competencia era como una guerra.

Una vez que se comprendía que la teoría del capital monopolista había tomado un camino equivocado, las consecuencias para la economía marxista eran enormes. Buena parte de la elaboración teórica marxista del siglo XX había surgido precisamente de esa tradición, desde Hilferding, pasando por Lenin y Rosa Luxemburgo, hasta llegar, por supuesto, a Baran y Sweezy. Y, a través de los partidos comunistas del mundo capitalista, tanto maoístas como prosoviéticos, se había convertido en una ortodoxia para gran parte de la izquierda organizada. Pero, a pesar de su influencia, Shaikh demostró que la teoría era insostenible. Insistió en que la economía marxista debía reconstruirse sobre la base de una teoría sólida de la competencia, a partir de la cual pudiera desarrollarse una economía política del capitalismo mucho más poderosa.

A comienzos de la década de 1980, Shaikh y un grupo de economistas radicales habían llegado a la conclusión de que el camino para revitalizar la economía marxista pasaba por una nueva teoría de la competencia, diferente tanto de la «competencia perfecta» de la economía convencional como de la concepción de la escuela del capital monopolista. Pero ese era apenas el comienzo. El objetivo de recuperar la teoría de la competencia de Marx era demostrar que sobre esa base podía construirse una macroeconomía y una microeconomía alternativas. El desafío no se limitaba a la teoría de las crisis o a la relación entre valores y precios, aunque esa fuera, por supuesto, una parte central del problema. También abarcaba los fenómenos que constituían el objeto de estudio de la teoría económica convencional, como la inflación, el comercio, los tipos de cambio o la teoría monetaria. En otras palabras, se trataba de demostrar que las fuerzas subyacentes de largo plazo teorizadas por Marx en los volúmenes de El capital podían explicar los fenómenos más superficiales que concentraban la atención de la economía convencional.

Shaikh se entregó de lleno a esta tarea durante la década de 1980. En nuestras conversaciones, muchos años después, me contó que, cuando concibió originalmente el proyecto, pensaba que no necesitaría más de una década para presentar su marco teórico alternativo. Pero los años pasaron y, aunque fue publicando distintos fragmentos de aquel proyecto monumental, el gran volumen prometido no aparecía. Algunos elementos de la teoría alternativa podían vislumbrarse en los artículos que publicaba ocasionalmente. Y en 1994 publicó, junto con su alumno E. Ahmet Tonak, Measuring the Wealth of Nations (Medir la riqueza de las naciones), una obra que mostraba cómo podían utilizarse las cuentas nacionales para hacer operativas las categorías económicas marxistas. Pero todavía no había aparecido una alternativa plenamente integrada a los marcos teóricos rivales. Algunos de sus estudiantes publicaron trabajos que desarrollaban directamente su enfoque. El ejemplo más destacado fue el brillante Persistent Inequalities (Desigualdades persistentes), de Howard Botwinick, que utilizó el marco de Shaikh para elaborar una teoría de las diferencias salariales. Sin embargo, a medida que transcurrían los años, comenzó a instalarse cierto pesimismo entre sus admiradores, entre los que me incluyo, acerca de si aquella obra llegaría alguna vez a ver la luz.

Pero nuestras preocupaciones resultaron infundadas. Alrededor de 2014, Shaikh me envió el manuscrito de su largamente esperada obra. Cuando abrí el documento, casi me caigo de la silla. La ambición del proyecto era asombrosa. Shaikh había cumplido todo lo que había prometido treinta años antes, e incluso más. El manuscrito tenía mil páginas. Comenzaba con un monumental análisis empírico de un siglo de regularidades observadas en la economía, continuaba con una teoría de la empresa y luego desarrollaba su concepción de la «competencia real», que somete a las empresas a la amenaza competitiva, una teoría de las ganancias, los precios relativos, el dinero, la inflación, los tipos de cambio, el comercio e incluso el mercado bursátil. No era un libro para lectores no especializados. Pero era de una claridad cristalina y estaba magníficamente escrito, como todo lo que Shaikh escribía. Era la obra académica más ambiciosa que había visto en mi vida. Shaikh había logrado todo lo que se había propuesto.

Pero 2015 no era 1985. La economía marxista había retrocedido enormemente, e incluso la economía heterodoxa se había convertido en una corriente minúscula dentro del mundo académico. La economía política ya no interesaba a la izquierda, que había migrado hacia el difuso universo del lenguaje, la cultura y la identidad. La pregunta era, entonces, si el libro recibiría alguna atención, incluso dentro de la izquierda. ¿Obtendría el reconocimiento y los elogios que merecía o correría la misma suerte que la gran obra de David Hume, Tratado de la naturaleza humana, de la que el propio Hume se había lamentado diciendo que «salió muerta de la imprenta, sin alcanzar siquiera la distinción de provocar un murmullo entre los fanáticos»?

Finalmente, Capitalism: Competition, Conflict, Crises (Capitalismo: competencia, conflicto y crisis) fue aclamado de inmediato como un clásico. Los elogios fueron extraordinarios, y resulta llamativa la cantidad de autores que lo compararon con la gran obra del propio Marx. James K. Galbraith sugirió que no se había publicado ningún tratado de economía tan ambicioso y tan logrado en ciento cincuenta años (es decir, desde el propio Marx); Geoffrey Harcourt lo calificó como «posiblemente la construcción teórica más exhaustiva desde El capital de Marx», y John Grahl escribió en New Left Review que «el alcance y la magnitud de Capitalism son tales que invitan a compararlo con el propio El capitalde Marx». Fue un logro extraordinario, y la profesión económica reconoció de inmediato su importancia.

La publicación de la obra magna de Anwar marcó un punto de inflexión en la historia de la economía marxista. En los últimos veinticinco años se han publicado otros trabajos de gran importancia. Pero ninguno con la ambición, la rigurosidad, la extraordinaria erudición y la amplitud del libro de Anwar. Gracias a él, la economía política marxista puede entablar un diálogo con la economía convencional en todos los niveles de abstracción y en cada uno de los campos de la teoría económica. Aunque ya ha transcurrido una década desde su publicación, todavía no se ha asimilado plenamente su significado. Anwar pasó sus últimos años impartiendo incansablemente conferencias sobre los distintos aspectos de su argumentación, tratando de hacerla más accesible. Pero, aunque una década es mucho tiempo en términos biográficos, apenas representa un instante en la historia intelectual. Hará falta tiempo para que se aprecie en toda su magnitud la importancia de esta obra. Aunque, desde luego, son pocos los libros que siquiera merecen semejante consideración.

Aunque la obra magna de Anwar apareció en una etapa tardía de su vida y hacia el final de la trayectoria generacional de la Nueva Izquierda, también puede decirse que fue publicada precisamente en los albores de una nueva época. Me refiero a la época de la nueva izquierda que está surgiendo hoy, una nueva generación de socialistas que es la primera en encontrarse libre del peso de la Segunda y la Tercera Internacional. La economía revitalizada que Anwar contribuyó tan decisivamente a desarrollar tendrá ahora que desplazar los marcos teóricos valiosos, pero profundamente defectuosos, heredados de Hilferding, Lenin y Luxemburgo. Durante aquellos largos años de sequía intelectual, cuando muchos esperábamos que completara su proyecto, legiones de estudiantes devotos grababan las clases de Anwar, legendarias por su claridad y brillantez, y luego las transcribían para estudiarlas y discutirlas. Estas clases circulaban entre los iniciados como los escritos samizdat en la Unión Soviética: textos inéditos, pero enormemente influyentes. Yo di mis primeros pasos en la economía marxista leyendo aquellas brillantes disquisiciones. En ellas se manifestaban plenamente el extraordinario conocimiento y la valoración que Anwar tenía del marxismo clásico. Pero también su insistencia en que nuestra admiración por las figuras históricas no nos autoriza a aceptar ciegamente sus debilidades teóricas. Shaikh asimiló por completo todo lo que los marxistas de la Segunda y la Tercera Internacional tenían para ofrecer. Lo asimiló y luego produjo una teoría más sólida, completa y exitosa, capaz de proporcionar una base para que la izquierda emergente desarrolle sus propias capacidades intelectuales.

Hay mucho que aprender de las contribuciones intelectuales de Anwar Shaikh. Pero hay todavía más que aprender de los valores y compromisos que encarnó. Nunca hubo otro intelectual en la tradición marxista que trabajara con semejante intensidad, semejante resistencia y una dedicación tan implacable a un programa de investigación. Mientras sucesivas capas de la Nueva Izquierda se alejaban de la economía política, del marxismo e incluso del propio materialismo, Anwar se mantuvo firme. Su capacidad de trabajo era prodigiosa. Su negativa a conformarse con algo que no fuera una obra completamente terminada era tan intensa que rozaba lo contraproducente.

En una época en la que tantos intelectuales inmigrantes recurrían a su color de piel, su lengua y su origen étnico para promocionarse dentro de una cultura radical cada vez más frívola, Anwar se negó a hacerlo. Se negó a que su origen social lo definiera. Lo movían exclusivamente sus convicciones morales y políticas. Esta era, por supuesto, una actitud que los marxistas de las generaciones anteriores daban por sentada. Pero hoy está prácticamente extinguida, mientras cualquier académico de segunda categoría intenta convertir en mercancía cualquier fragmento de identidad que pueda reivindicar como propio. Yo solía bromear con él diciéndole que, si se presentara como un «economista poscolonial», tal vez conseguiría un público más amplio. La ocurrencia provocaba alguna risa, pero nada más. La sola idea le resultaba aborrecible. Y todos salimos ganando con su negativa.

Shaikh fue un hombre extraordinario y un intelectual singular. Pasará mucho tiempo antes de que volvamos a ver un talento como el suyo.

Be the first to comment

Leave a Reply