Las guerras en Oriente Medio siguen girando en torno al petróleo y al imperio

UNA ENTREVISTA CON

Gilbert Achcar

Traducción: César Ayala

Gilbert Achcar explica cómo el petróleo, el poder de Estados Unidos y las rivalidades regionales han configurado décadas de conflicto en Oriente Medio, y por qué el enfrentamiento con Irán encaja en un patrón imperialista de larga data.

Entrevista por Bashir Abu-Manneh

¿Por qué Oriente Medio ha estado tan constantemente devastado por la guerra? En una entrevista con el editor colaborador de Jacobin, Bashir Abu-Manneh, el economista político Gilbert Achcar sostiene que la respuesta radica sobre todo en la importancia central de la región en la economía petrolera mundial y en las estrategias de las grandes potencias que buscan controlarla. Achcar analiza la lógica de la intervención estadounidense, los límites de la alianza entre Estados Unidos e Israel, la estrategia de Irán en el conflicto actual y las consecuencias regionales de la evolución de la doctrina imperial de Washington.

B A-M

Es imposible hablar de Oriente Medio sin hablar de guerra. Probablemente sea la región más devastada por la guerra en la era posterior a 1945. Solo en la última década y media, muchos levantamientos árabes degeneraron en guerras civiles prolongadas. Por no hablar de la guerra eterna de Israel contra los palestinos. ¿Por qué cree que la guerra es tan frecuente en la región?

GA

No cabe duda de que la región de Medio Oriente y Norte de África (MO-NA) es, de todas las regiones del mundo, la que ha sido testigo del mayor número de conflictos armados desde 1945, con un número impresionante de guerras interestatales y expediciones extranjeras. Esta última categoría aumentó exponencialmente tras el colapso de la URSS, cuando Estados Unidos se sintió libre de intervenir en la región a partir de la guerra de 1991 contra Irak. Rusia siguió su ejemplo bajo el mandato de Vladimir Putin, a partir de su intervención para reforzar el régimen sirio en 2015.

La razón de esta prevalencia de la guerra es sencilla: es lo que en la región se conoce a menudo como la «maldición del petróleo», el hecho de que, desde la víspera de la Segunda Guerra Mundial, se sabe que el Golfo y los países limítrofes poseen las mayores reservas de petróleo del mundo, de un tipo especialmente rentable debido a su relativa facilidad de extracción.

El petróleo, o más precisamente los hidrocarburos, teniendo en cuenta el gas natural, han estado en el centro de la política de Oriente Medio y Norte de África desde el final de la guerra. El enorme interés del imperialismo estadounidense en la región, respaldado por las grandes petroleras estadounidenses, quedó patente en la famosa parada de Franklin Delano Roosevelt en el Mar Rojo en febrero de 1945, a su regreso de la crucial Conferencia de Yalta, donde los Aliados discutieron la configuración del mundo de la posguerra. A esa reunión a bordo del USS Quincy con el rey Abdul Aziz, fundador del reino saudí, le siguió la construcción de una base de la Fuerza Aérea estadounidense en Dhahran, en el corazón de los principales yacimientos petrolíferos saudíes explotados por la entonces Aramco (originalmente, la Arabian American Oil Company), dominada por Estados Unidos y estratégicamente situada para los fines de la Guerra Fría.

Una vez llamé al reino saudí el verdadero estado número cincuenta y uno de la Unión Americana, un estatus de facto que ostentaba incluso antes de que naciera el estado israelí. El reino y toda la región del Golfo han sido y siguen siendo el centro de la estrategia imperial estadounidense en el hemisferio oriental, a pesar de los innumerables intentos de burlar el sentido común explicando que «no se trata del petróleo» o «no se trata únicamente  del petróleo». Al comentar la invasión de Irak liderada por Estados Unidos en 2003, el expresidente de la Reserva Federal Alan Greenspan se preguntaba en sus memorias por qué «es políticamente inconveniente reconocer lo que todo el mundo sabe: que la guerra de Irak tiene que ver en gran medida con el petróleo».

Por supuesto, tratarse del petróleo no significa solo —ni siquiera principalmente para Washington— el acceso de Estados Unidos al petróleo iraquí o del Golfo. Se trata de controlar la enorme cantidad de dinero del petróleo que detienen los Estados del Golfo (sus fondos soberanos poseen más de 3 billones de dólares en activos, cerca del 40 % del total mundial depositado en este tipo de fondos) y beneficiarse de su considerable poder adquisitivo, especialmente para financiar el complejo militar-industrial estadounidense. También se trata de controlar el acceso de otros Estados a los hidrocarburos del Golfo. Como acertadamente dijo una vez David Harvey, «quien controla Oriente Medio controla el grifo del petróleo mundial y quien controla el grifo del petróleo mundial puede controlar la economía mundial, al menos en un futuro próximo».

Esto también demuestra lo equivocados que estaban muchos de los que creían que el auge de la producción de hidrocarburos de esquisto en Estados Unidos, junto con el ascenso del poder de China, significaba que Oriente Medio había perdido su importancia para Washington. Gran parte de este tipo de comentarios engañosos se vertieron sobre el famoso «giro hacia Asia» de la administración Obama. Lo que estos comentarios pasaron por alto por completo es que controlar el «grifo del petróleo» del Golfo es crucial para la estrategia estadounidense hacia China, cuyas importaciones de petróleo proceden en aproximadamente un 50 % del Golfo. Las actuales empresas conjuntas entre las grandes empresas estadounidenses de inteligencia artificial y los Estados árabes del Golfo —que han llevado a la construcción en la zona de centros de datos de alto consumo energético, aprovechando la abundancia de dinero y la energía barata de esos Estados— añaden un elemento importante a la importancia general de la región para Estados Unidos.

Por último, pero no menos importante, en el caso específico de la administración Trump, los considerables intereses creados de las familias Trump, Kushner y Witkoff en los Estados árabes del Golfo llevan el interés de Washington en la región MO-NA en general y en el Golfo en particular a un máximo histórico, lo que se tradujo en una intervención militar de Donald Trump allí mayor que en cualquier otra parte del mundo.

B A-M

De hecho, Trump forma parte de una larga lista de presidentes estadounidenses que utilizan la fuerza militar en Oriente Medio como parte fundamental de la estrategia estadounidense. ¿Cuáles son las causas inmediatas y los objetivos políticos a largo plazo del ataque estadounidense contra Irán? ¿Cómo se explica la política de la administración Trump respecto a Irán?

GA

Desde que la revolución iraní de 1979 derrocó el régimen del sha, un Teherán, importante aliado regional de Estados Unidos, se ha convertido en una molestosa espina clavada para los Estados Unidos. No obstante, las relaciones entre ambos países han pasado por fases contrastadas: por extraño que parezca, ha habido fases de cooperación entre Washington y Teherán después de 1979. En la década de 1980, Estados Unidos e Israel apoyaron el esfuerzo bélico de Irán contra Irak en lo que se conoció como el asunto Irán-Contras. En aquel momento, les convenía prolongar la guerra entre lo que consideraban dos Estados rebeldes que amenazaban sus intereses. Posteriormente, Irán respaldó la invasión de Irak liderada por Estados Unidos en 2003 mediante la connivencia de sus representantes iraquíes con Washington.

Paradójicamente, el ejército estadounidense trajo consigo a esos representantes y los instaló en el poder. El resultado fue que Irán se convirtió en el principal beneficiario de la invasión, llegando a ejercer más influencia sobre Irak que Estados Unidos, una de las razones por las que Irak se considera un gran fiasco en la historia imperial de Estados Unidos, a la par con Vietnam.

El acuerdo nuclear que la administración Obama concluyó con Teherán en 2015 no impidió que Irán siguiera ampliando su influencia regional, impulsada por su intervención en Siria del lado del régimen de Bashar al-Assad a partir de 2013 y por la toma del poder por parte de los hutíes en el norte de Yemen en 2014. En esta expansión regional, Teherán explotó tanto el resentimiento antiisraelí y antiestadounidense como la lealtad sectaria chií. Es la principal crítica que Trump, Benjamin Netanyahu y las principales monarquías del Golfo dirigen a Obama, a quien todos reprochan haber concluido el acuerdo nuclear en un momento en que la expansión del poder regional de Teherán estaba en pleno apogeo, sin prestar la debida atención a limitar dicha expansión. Por el contrario, el acuerdo mejoró la situación económica de Irán, lo que facilitó su política regional.

Si se tienen en cuenta todas las razones que hemos mencionado, se comprenderá el sólido fundamento que hay detrás de la política de Trump respecto a Irán. Con la actual ofensiva, espera lograr el dominio sobre ese país, lo que completaría y reforzaría enormemente el dominio de Estados Unidos sobre el Golfo, así como sobre toda la región MO-NA.

B A-M

Esta guerra parece el sueño hecho realidad de Netanyahu. ¿Son los objetivos bélicos de Estados Unidos los mismos que los de Israel o hay divergencias significativas?

GA

Sin duda, hay tanto convergencias como divergencias. Las convergencias son obvias: tanto Estados Unidos como Israel —no solo el Gobierno de Netanyahu, sino toda la élite sionista en el poder— quieren poner fin al programa nuclear de Irán. Israel considera esta cuestión como una amenaza existencial que pone en peligro su actual estatus como único Estado con armas nucleares en la región. Washington ve la posesión futura, no tan hipotética, de armas nucleares por parte de Irán como un importante elemento disuasorio, ya que Teherán podría amenazar con bombardear los yacimientos petrolíferos árabes vecinos, lo que provocaría un desastre para los intereses estadounidenses y la economía mundial. Y tanto Washington como Israel tienen un claro interés en reducir la influencia regional de Irán.

Ahora bien, también hay divergencias, aunque no sean tan evidentes como las convergencias. En términos más generales, casi nunca ha habido una coincidencia total entre los objetivos de Israel y los de Estados Unidos. Tomemos como ejemplo la primera gran guerra israelí que sirvió a los intereses estadounidenses: la Guerra de los Seis Días de junio de 1967, en la que Israel asestó un duro golpe a los dos Estados árabes que entonces se oponían radicalmente al imperialismo estadounidense: Egipto, bajo el liderazgo de Gamal Abdel Nasser, y Siria, bajo el liderazgo del ala izquierda del partido nacionalista árabe Baaz. Israel aprovechó la oportunidad de la guerra de 1967 para completar su conquista de toda la Palestina bajo mandato británico, desde el río Jordán hasta el mar Mediterráneo, principalmente a expensas de la monarquía jordana, un fiel aliado de Estados Unidos que había estado gobernando Cisjordania tras anexionarla en 1949. Sin duda, esto no era algo que Washington deseara.

En la actual ofensiva contra Irán, la divergencia se hace más visible cada vez que Netanyahu pide un «cambio de régimen» y apoya la restauración de la monarquía bajo Reza Pahlavi, el hijo del sha derrocado en 1979, mientras que Trump descarta esta última opción, al igual que descartó a la líder de la oposición de derecha venezolana, María Corina Machado, tras secuestrar a Nicolás Maduro. Compárese la postura de Netanyahu con la sincera declaración de Trump a Fox News el 6 de marzo: «Va a funcionar muy fácilmente. Va a funcionar como lo hizo [sic] en Venezuela. Tenemos una líder maravillosa allí. Está haciendo un trabajo fantástico. Y va a funcionar como en Venezuela», dijo, refiriéndose a la presidenta en funciones Delcy Rodríguez.

Trump también dijo que estaba abierto a tener un líder religioso en Irán. «Bueno, puede que sí, quiero decir, depende de quién sea la persona. No me importan los líderes religiosos. Trato con muchos líderes religiosos y son fantásticos», dijo. Y cuando se le presionó para que aclarara si insistía en que debía haber un Estado democrático, Trump respondió a la CNN: «No, lo que digo es que tiene que haber un líder que sea justo [sic] y equitativo. Que haga un gran trabajo. Que trate bien a Estados Unidos e Israel, y que trate bien a los demás países de Oriente Medio, que son todos nuestros socios».

El quid de la cuestión es que, mientras que Netanyahu y toda la élite del poder sionista verían con muy buenos ojos el colapso del Estado iraní, lo que encajaría perfectamente con su proyecto a largo plazo de fragmentar su entorno regional, el colapso y la fragmentación del Estado iraní, cuya población está compuesta en casi la mitad por minorías étnicas, sería un desastre para los intereses regionales de Estados Unidos. Esto se debe a que desestabilizaría enormemente toda la región, empezando por los aliados más cercanos de Washington. Estos últimos apoyan sin duda el objetivo de Estados Unidos en la ofensiva contra Irán, pero, con toda seguridad, rechazan el objetivo de Israel, por no mencionar que, como estados despóticos que son, solo pueden resentir la hipócrita defensa de Netanyahu de la «democracia» en Irán.

Para comprender lo que yo llamé la «vieja-nueva doctrina imperial» de Trump, hay que tener en cuenta las lecciones de Irak, que Trump observó de cerca. El desmantelamiento del Estado iraquí por parte de Washington tras ocupar ese país en 2003 condujo a un caos que facilitó el dominio de Irán sobre la mayoría chií árabe del país y la propagación de la insurgencia antiamericana entre los suníes árabes, que más tarde se transformó en el Estado Islámico de Irak y Siria. La conclusión fue que, en lugar del «cambio de régimen» —defendido por los neoconservadores que dominaban el Departamento de Defensa durante el primer mandato de George W. Bush y que contaban con el respaldo de Donald Rumsfeld y Dick Cheney—, Estados Unidos debía imponer su voluntad a los regímenes existentes tal y como eran, independientemente de su carácter.

Se podría decir que, en su segundo mandato, Estados Unidos ha pasado a aplicar una versión modernizada de la «diplomacia de las cañoneras» del siglo XIX, cuando las grandes potencias imponían su voluntad a los Estados más débiles amenazándolos con bombardearlos o, si se mostraban recalcitrantes, bombardeándolos realmente. Entonces no se tenía en cuenta la naturaleza de los gobiernos, solo la voluntad descarada de imponer de forma brutal los intereses imperialistas a los países más débiles.

B A-M

Muchos opositores estadounidenses al ataque conjunto de Estados Unidos e Israel contra Irán, en la izquierda, así como la derecha y la extrema derecha, lo consideran injustificado, sobre todo porque Irán no representa una amenaza inminente para Estados Unidos, y, para explicarlo, recurren a la idea de que Estados Unidos está haciendo el juego a Israel. La guerra vuelve a poner de relieve la cuestión de si Israel y su lobby determinan y distorsionan la política exterior estadounidense en Oriente Medio. ¿Cuál es su opinión sobre la alianza entre Estados Unidos e Israel y sus causas subyacentes, tanto históricas como actuales?

GA

Bueno, por lo que he explicado sobre las divergencias entre Washington e Israel, debería quedar claro que la cola israelí no mueve al pitbull estadounidense. Los dos Estados tienen intereses convergentes en golpear a Irán, como están haciendo conjuntamente en la actualidad, pero no comparten los mismos objetivos. En cuanto a la tan comentada declaración de Marco Rubio diciendo que «Sabíamos que Israel iba a actuar, sabíamos que eso precipitaría un ataque contra las fuerzas estadounidenses y sabíamos que, si no les adelantábamos antes de que lanzaran esos ataques, sufriríamos más bajas». La verdad es que se ha malinterpretado ampliamente.

Para entender esa afirmación, hay que tener en cuenta que un elemento central de la nueva doctrina de Trump de «cambio de comportamiento de un régimen» en lugar de «cambio de régimen» —en las acertadas palabras del presidente de la Cámara de Representantes, Mike Johnson, al comentar el acto de piratería de Estados Unidos en Venezuela— es la eliminación de los líderes del régimen considerados un obstáculo para el cambio de comportamiento. Dado que no era posible ni útil secuestrar al líder supremo de Irán, Alí Jamenei, la única opción que quedaba era asesinarlo, un arte en el que Israel y su Mossad, el equivalente israelí de la CIA, se han convertido en especialistas de renombre.

Washington confió entonces en su socio menor para llevar a cabo esa tarea. Sabemos, gracias a una investigación realizada por el Financial Times, que Israel detectó un momento especialmente propicio el sábado.

Cuando la CIA e Israel determinaron que Jamenei celebraría una reunión el sábado por la mañana en sus oficinas cerca de la calle Pasteur, la oportunidad de matarlo junto con gran parte de los altos mandos de Irán era especialmente oportuna….

El ejército estadounidense allanó el camino para que los aviones de combate israelíes bombardearan el complejo de Jamenei lanzando ciberataques que «interrumpieron, degradaron y cegaron la capacidad de Irán para ver, comunicarse y responder», según el general Dan Caine, presidente del Estado Mayor Conjunto de Estados Unidos.

Ahora bien, al afirmar que Israel mueve los hilos de Estados Unidos, conservadores como John Mearsheimer, Stephen Walt y el ala del movimiento MAGA representada por Tucker Carlson intentan ocultar la realidad del imperialismo estadounidense y atribuir sus fracasos al lobby israelí, si no a «los judíos», como en el caso de Carlson.

El famoso best seller de 2007 de Mearsheimer y Walt señalaba que la fallida invasión estadounidense de Irak, como si la administración de George W. Bush, muy interesada en el petróleo y plagada de miembros del Proyecto para el Nuevo Siglo Americano que habían presionado a Bill Clinton para que llevara a cabo esa invasión, necesitara al lobby israelí para aprovechar la oportunidad que le brindaban los atentados del 11 de septiembre de 2001 e invadir Irak. Esto en un momento en que Irak estaba completamente agotado tras ocho años de guerra con Irán, seguidos de doce años de un embargo debilitante y criminal impuesto por Estados Unidos. De hecho, Israel habría preferido que Estados Unidos atacara a Irán ya en ese momento. Sin duda, le molestó que Washington trajera a los representantes de Teherán sobre sus tanques y los instalara en el poder en Bagdad.

La «relación especial» de Washington con el Estado sionista se debe a que considera a este último como un guardián de los intereses regionales de Estados Unidos, un aliado militar muy eficaz, capaz de suplirlo cuando factores internos le impiden intervenir, o de complementarlo eficazmente, como se ve ahora en su ofensiva conjunta contra Irán, así como en la anterior ofensiva del pasado mes de junio. Cualquier ayuda militar que Washington conceda a Israel no es más que una pequeña cantidad en comparación con el gigantesco presupuesto militar estadounidense, y sin duda es una inversión muy rentable si se compara con el efecto marginal que tendría la misma suma si se añadiera a los gastos del Pentágono. En ocasiones, un factor ideológico puede reforzar el apoyo de Washington a Israel, como fue el caso de Joe Biden, sin duda el más genuino y acérrimo sionista de todos los presidentes estadounidenses, y orgulloso de serlo.

B A-M

En respuesta a la agresión estadounidense-israelí, Irán está haciendo lo que siempre ha dicho que haría: atacar los intereses estadounidenses en la región, incluidos los países del Golfo. ¿Cuáles son los objetivos de Irán en esta guerra? ¿Sobrevivirá el régimen iraní, tan impopular en su propio país?

GA

Los objetivos de Irán al extender la guerra a toda la región son muy claros y, de hecho, se han expresado en forma de amenaza mucho antes de que comenzara la ofensiva. De hecho, esa es la única baza militar de Irán para hacer frente a la ofensiva: además de bombardear a Israel y a las fuerzas estadounidenses a su alcance, pretende crear tal perturbación en los Estados del Golfo y en sus exportaciones de petróleo que ejerza una presión importante sobre la economía mundial y sobre estos Estados, lo que a su vez les llevaría a presionar a Washington para que detuviera la ofensiva lo antes posible.

En cuanto a la supervivencia del Gobierno iraní, no veo actualmente ninguna perspectiva creíble de que caiga. Es muy posible que el levantamiento popular contra el Gobierno se reanude tras el fin de la guerra, pero es difícil imaginar que la gente salga a las calles de Teherán bajo las bombas. E incluso si lo hicieran, no existe en Irán ninguna fuerza de oposición organizada capaz de derrocar a la República Islámica. Ante el levantamiento que comenzó a finales del año pasado y se convirtió en el mayor que ha vivido Irán desde el levantamiento que derrocó al sha en 1979, el régimen teocrático ha demostrado que no dudará en matar a miles y miles de personas para asegurar su supervivencia. La única alternativa sería una división de las fuerzas armadas iraníes —por ejemplo, entre el ejército regular y la Guardia Revolucionaria, el brazo armado específico del Gobierno— que condujera a una guerra civil similar a la de Siria. Pero eso es precisamente la pesadilla de Washington, aunque sea el sueño dorado de Israel.

Esto explica la insistencia de Trump en desear un cambio desde dentro del Estado, incluso esperando cooperar con «líderes religiosos» que sean receptivos a los intereses estadounidenses. Por ahora, el régimen iraní parece haber optado por continuar la confrontación al elegir al hijo de Jamenei, Mojtaba, como nuevo líder supremo. Si Trump acabará consiguiendo lo que desea o si el régimen iraní se mantendrá firme en su postura es algo que nadie sabe por el momento, aunque los indicios iniciales apuntan a lo segundo.

B A-M

¿Qué hay de su propio país, el Líbano? Israel no ha dejado de bombardearlo desde el 7 de octubre y Hezbolá es una fuerza muy debilitada tanto militar como políticamente y ha perdido gran parte del apoyo popular que tenía cuando luchó contra Israel en 2006, especialmente después de intervenir del lado del brutal régimen de Assad. ¿Hacia dónde se dirige Hezbolá?

GA

Israel ve a Hezbolá exclusivamente como un representante de Teherán. Pero Hezbolá es también un partido de masas que defiende la misma mezcla ideológica que Teherán: antisionismo, antihegemonía estadounidense, sectarismo chií y fundamentalismo islámico. Esto significa que, al igual que en su ofensiva para destruir Hamás, Israel está tratando de acabar con Hezbolá mediante una combinación de ataques directos, incluida la decapitación del movimiento en otoño de 2024, con la estrategia de contrainsurgencia probada y comprobada llamada «drenar el mar», que consiste en atacar a la base popular que apoya al enemigo para que se desprenda de él y, finalmente, se vuelva en su contra.

La versión israelí de esta estrategia se conoce como la doctrina Dahiya, por los suburbios del sur de Beirut (dahiya significa suburbio en árabe), densamente poblados por una mayoría chií, que fueron fuertemente atacados y en gran parte destruidos durante la ofensiva israelí de 2006 contra Hezbolá, junto con otras zonas libanesas de mayoría chií y pro-Hezbolá. Esto es lo que Israel está infligiendo ahora de nuevo al Líbano, de forma aún más brutal que en 2006 o 2024, con la intención de obligar a las fuerzas gubernamentales libanesas a coaccionar a Hezbolá para que se desarme. Es difícil predecir cómo terminará todo esto, ya que depende en gran medida del resultado de la actual ofensiva contra Irán.

Permítanme un último comentario al respecto. En su guerra genocida contra Gaza, presentada como un ataque contra Hamás, así como en su sangriento ataque contra el Líbano dirigido contra Hezbolá, Israel, por una de las amargas ironías de su historia, está actuando de una manera muy similar a lo que se suele considerar un ejemplo temprano de la estrategia de «drenar el mar»: la terrible y brutal represión del Imperio Romano o, en el siglo II d. C., de la revuelta judía contra él liderada por Simón bar Kokhba.

Es como si el Estado sionista estuviera empeñado en imitar a todos los opresores históricos de los judíos, desde la antigüedad hasta el siglo XX, infligiendo un trato similar a los pueblos de Oriente Medio. La «imitación darwiniana» de los que odian a los judíos por parte de los sionistas, prevista por el fundador del sionismo político, Theodor Herzl, es realmente completa.

Sobre el entrevistador

Bashir Abu-Manneh enseña en la Escuela de Clásicos, Inglés e Historia de la Universidad de Kent y es un editor contribuyente jacobino.

Be the first to comment

Leave a Reply